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Sincericida: cuando la verdad se dice sin cuidado y duele más que ayuda

No toda verdad construye. A veces, decir lo que piensas sin cuidado puede herir más que sanar. En esta reflexión íntima exploramos el sincericidio emocional y cómo transformar la sinceridad en puente, no en herida.



🩶 La verdad también puede ser torpe

Hay personas que dicen:

“Yo soy así. Yo digo lo que pienso. Yo no me callo nada.”

Y lo dicen como si fuera una virtud.

Como si la sinceridad, por sí sola, justificara todo.

Como si fuera más importante tener razón… que tener tacto.

Como si las palabras no pudieran doler.


Pero lo cierto es que la sinceridad no siempre sana.

A veces corta.

A veces pesa.

A veces llega cuando la otra persona no está lista para recibirla.

Y entonces no es honestidad.

Es descuido.


Porque no todo lo verdadero es necesario.

No toda verdad dicha es verdad escuchada.

Una verdad sin cuidado no es valentía.

Es ego con disfraz de franqueza.


Decir lo que piensas no te hace más transparente.

Te hace responsable de cómo lo dices.

Y de si tu verdad construye… o destruye.

No se trata de mentir.

Tampoco de callar.

Sino de aprender a medir los silencios,

y a ofrecer las palabras como un puente,

no como una piedra.


Porque una verdad dicha con amor puede abrir el alma.

Y la misma verdad, sin compasión, puede cerrarla para siempre.

La sinceridad no es incompatible con la ternura.

La honestidad no está reñida con el cuidado.

Y la verdad —cuando es profunda—

nunca busca ganar.

Busca entender.

¿Y tú… has sido sincericida alguna vez sin darte cuenta?


Sebastián Modo Pausa

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