El silencio que queda cuando se rompe el papel
- Sebastián Sánchez

- 20 dic 2025
- 2 Min. de lectura
Una confesión para la tarde de Reyes. Sobre el vacío, la vuelta a la rutina y el único regalo que pienso conservarme para mañana.

Hola,
Lees esto con la casa ya en silencio.
Hace solo unas horas, este salón era un caos de gritos, papel rasgado y esa electricidad nerviosa de ver qué había dentro de las cajas. Ahora, la luz de la tarde está cayendo y, si soy sincero contigo, siento esa extraña mezcla de paz y melancolía que siempre me atrapa el 6 de enero por la tarde.
Es como un "domingo por la tarde", pero multiplicado por diez.
Durante semanas hemos estado corriendo hacia este momento. Hemos comprado, hemos envuelto, hemos cocinado y hemos esperado. Y de repente... ya está. El papel está en la basura, los objetos están en las estanterías y el calendario nos mira fijamente diciendo: "Mañana lunes. Mañana, la vida real".
A veces, al cerrar la puerta tras la última visita, queda una sensación de vacío. Una voz bajita que pregunta: ¿Ya está? ¿Esto era todo?
Y hoy, mirando una de las cajas vacías, me he dado cuenta de algo.
No queríamos los regalos.
Lo que nos tenía emocionados no era el perfume, ni el libro, ni la ropa. Lo que buscábamos con tanta ansia era la excusa.
La Navidad es la gran excusa que nos damos para parar. Para sentarnos en el suelo. Para llamar a alguien y decirle "te quiero" sin que suene raro. Para comer sin contar calorías y para creer, aunque sea un poquito, en la magia.
El vacío que sentimos hoy no es porque falten regalos. Es porque tenemos miedo de que, al guardar los adornos, tengamos que guardar también esa versión de nosotros mismos que es más amable, más pausada y más niña.
Pero aquí va mi propuesta (y mi promesa) para este año que empieza mañana de verdad:
Voy a guardar las luces, pero no voy a apagar la luz.
Me niego a pensar que la ilusión es algo estacional. Me niego a creer que solo puedo sentarme a disfrutar de un café sin culpa si es festivo. Me niego a esperar otros 365 días para decirte que me importas.
El mejor regalo de estos Reyes no estaba en mis zapatos. El regalo ha sido recordar quién soy cuando dejo de correr. Y ese regalo no pienso devolverlo.
Así que, si ahora mismo sientes ese pequeño "bajón" del final de las fiestas, respira. No se acaba nada. Solo cambia el decorado. La magia te la llevas tú puesta mañana a la oficina, a la calle y a la vida.
Gracias por estar al otro lado durante estas fiestas. Nos vemos en la rutina, pero mirándola con otros ojos.
Un abrazo,
Sebastián
💬 Para invitar a la conversación:
PD: Antes de cerrar este ciclo... ¿cuál es ese pequeño momento de estas fiestas (un café, una risa, un silencio) que te gustaría congelar y llevarte en el bolsillo para el resto del año? Me encantaría leerte.




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